martes, 16 de julio de 2013

#Pareceres / ¡Qué Viva la diferencia!


  Cada quien es libre de discutir el trillado argumento feminista de que las mujeres pueden hacer cualquier cosa que los hombres hagan. Pero la ciencia, menos dada al fanatismo, asegura por su parte que las damas tienen ciertas ventajas biológicas y cerebrales; eso les permite hacer algunas cosas mejor que un hombre, y otras (para consuelo de machistas) peor. A todas estas, es inocultable que entre hombres y mujeres hay diferencias obvias: la altura (generalmente), la proporción entre músculos y grasa, y la distribución del cabello, por ejemplo. Sin embargo, existen también distinciones que son mucho menos evidentes: diferencias en el sistema linfático y aparato circulatorio, al igual que en la estructura del esqueleto, entre otras. Pero no son precisamente estas diferencias la que me llaman la atención. Específicamente me motivan para escribir este artículo, algunas divergencias actitudinales entre el hombre y la mujer en el día a día de su vida corriente. Pienso que resultará interesante para todos los lectores, discurrir nuestros pensamientos en este pequeño ejercicio intelectual que hoy comparto con ustedes.

La vejez y la infidelidad

Comencemos con el tema de la vejez. Ambos, tanto el hombre como la mujer envejecen. La mujer, estadísticamente tiene una tasa de mortalidad mayor que la del hombre. Y allí, en esa etapa en que las facultades del cuerpo y la mente sufren un decrecimiento, se denota la distancia existente entre ellos, en la manera de tomar y manejar las cosas de la vida. Las mujeres, suelen tomar menos bien el fin de la juventud. Tal vez por seguir apegados con mucho afecto a cuestiones importantes, ciertamente, pero que son transitorias y exteriores, como la compañía de los hijos. El hombre en cambio, no afinca tanto su vida en los demás, depende más de sí mismo. Es como si los caballeros tuvieran un poco más de conciencia que todo en la vida es un ciclo, y que los hijos, uno los concibe, los cría y los ayuda a crecer en sanidad, pero al pasar el tiempo, los muchachos son dueños de sus vidas, y labran su propio destino. Pienso que en eso las mujeres se han quedado un poco más atrás, pues son más dependientes a los efectos de tipo cíclico.

Actitud distinta también asumen los hombres y las mujeres en el caso de las infidelidades. Las mujeres, sin permiso social para la perfidia amorosa (y allí la razón de lo siguiente) consuman el delito con mucha discreción. Sin analizar las causas para la materialización de la traición amorosa, es innegable que las mujeres son tan infieles como los hombres. Esto, sin estar comprobado estadísticamente, lo saben y dicen muchos sicólogos y sexólogos; lo que las diferencian de los caballeros es que éstos últimos, son por lo general, más sueltos en comentarlo, es decir, son “bocones” cuando de infidelidad se trata. Así vemos, mujeres que mienten por miedo a la reprimenda social, y hombres que hablan con soltura ante el apoyo de una sociedad machista. Esa es la realidad, así de sencillo.

Entre gustos y preferencias

Otro punto que muy bien diferencia las actitudes y forma de ver y vivir la vida de los hombres y las mujeres, está en la apreciación de sus gustos y preferencias para la selección de su pareja. El hombre basa sus exigencias mínimas a la hora de escoger pareja en apetencias físicas, donde el pompis y el busto, son los objetos visuales y “tocables”, más deseables por los caballeros. Esto no quiere decir que los sentimientos y la aparte espiritual de las mujeres no son detallados por los hombres, pero si de prioridades amorosas hablamos, la mayoría de los hombres le dan mucha significación a estas zonas físicas. Pareciese que los hombres basan su escogencia en la alta, media y baja representatividad física que las mujeres pueden darle a sus consortes. Caso contrario ocurre con las féminas. Éstas, en su mayoría, buscan más un apoyo de seguridad en su pareja. Para ello, colocan como prioridad la seguridad económica, social y emocional que pueda proporcionarle el hombre. No es que lo físico no les importe, a ellas también les gustan ciertas partes de los hombres en especial (los ojos y el trasero), pero su escogencia va más allá de lo que se visualiza.

A Dios gracias…

Como se ve, el mundo de una mujer y el de un hombre son totalmente diferentes. Por tanto, lo natural es la desigualdad; ninguna mujer se sentiría cómoda en una supuesta igualdad con el hombre y viceversa. Es por ello que siempre he pensado que la igualdad debe darse en el plano de la dignidad para distintas funciones. No tiene sentido preguntarse quien es más: el hombre o la mujer; ambos son seres incompletos que solamente adquieren la plenitud y la felicidad, al integrarse para combinar sus virtudes y cubrir sus falencias. Su destino mutuo no es el sometimiento ni la competencia, sino la complementación. A Dios gracias… ¡Qué viva la diferencia!

Twitter: @ilcaudeiron

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