Cada quien es libre de discutir el trillado argumento
feminista de que las mujeres pueden hacer cualquier cosa que los hombres hagan.
Pero la ciencia, menos dada al fanatismo, asegura por su parte que las damas
tienen ciertas ventajas biológicas y cerebrales; eso les permite hacer algunas
cosas mejor que un hombre, y otras (para consuelo de machistas) peor. A todas
estas, es inocultable que entre hombres y mujeres hay diferencias obvias: la
altura (generalmente), la proporción entre músculos y grasa, y la distribución
del cabello, por ejemplo. Sin embargo, existen también distinciones que son
mucho menos evidentes: diferencias en el sistema linfático y aparato
circulatorio, al igual que en la estructura del esqueleto, entre otras. Pero no
son precisamente estas diferencias la que me llaman la atención.
Específicamente me motivan para escribir este artículo, algunas divergencias
actitudinales entre el hombre y la mujer en el día a día de su vida corriente.
Pienso que resultará interesante para todos los lectores, discurrir nuestros
pensamientos en este pequeño ejercicio intelectual que hoy comparto con
ustedes.
La vejez y la infidelidad
Comencemos con el tema de la vejez. Ambos, tanto el hombre
como la mujer envejecen. La mujer, estadísticamente tiene una tasa de
mortalidad mayor que la del hombre. Y allí, en esa etapa en que las facultades
del cuerpo y la mente sufren un decrecimiento, se denota la distancia existente
entre ellos, en la manera de tomar y manejar las cosas de la vida. Las mujeres,
suelen tomar menos bien el fin de la juventud. Tal vez por seguir apegados con
mucho afecto a cuestiones importantes, ciertamente, pero que son transitorias y
exteriores, como la compañía de los hijos. El hombre en cambio, no afinca tanto
su vida en los demás, depende más de sí mismo. Es como si los caballeros
tuvieran un poco más de conciencia que todo en la vida es un ciclo, y que los
hijos, uno los concibe, los cría y los ayuda a crecer en sanidad, pero al pasar
el tiempo, los muchachos son dueños de sus vidas, y labran su propio destino.
Pienso que en eso las mujeres se han quedado un poco más atrás, pues son más
dependientes a los efectos de tipo cíclico.
Actitud distinta también asumen los hombres y las mujeres en
el caso de las infidelidades. Las mujeres, sin permiso social para la perfidia
amorosa (y allí la razón de lo siguiente) consuman el delito con mucha
discreción. Sin analizar las causas para la materialización de la traición
amorosa, es innegable que las mujeres son tan infieles como los hombres. Esto,
sin estar comprobado estadísticamente, lo saben y dicen muchos sicólogos y
sexólogos; lo que las diferencian de los caballeros es que éstos últimos, son
por lo general, más sueltos en comentarlo, es decir, son “bocones” cuando de
infidelidad se trata. Así vemos, mujeres que mienten por miedo a la reprimenda
social, y hombres que hablan con soltura ante el apoyo de una sociedad
machista. Esa es la realidad, así de sencillo.
Entre gustos y preferencias
Otro punto que muy bien diferencia las actitudes y forma de
ver y vivir la vida de los hombres y las mujeres, está en la apreciación de sus
gustos y preferencias para la selección de su pareja. El hombre basa sus
exigencias mínimas a la hora de escoger pareja en apetencias físicas, donde el
pompis y el busto, son los objetos visuales y “tocables”, más deseables por los
caballeros. Esto no quiere decir que los sentimientos y la aparte espiritual de
las mujeres no son detallados por los hombres, pero si de prioridades amorosas
hablamos, la mayoría de los hombres le dan mucha significación a estas zonas
físicas. Pareciese que los hombres basan su escogencia en la alta, media y baja
representatividad física que las mujeres pueden darle a sus consortes. Caso
contrario ocurre con las féminas. Éstas, en su mayoría, buscan más un apoyo de
seguridad en su pareja. Para ello, colocan como prioridad la seguridad
económica, social y emocional que pueda proporcionarle el hombre. No es que lo
físico no les importe, a ellas también les gustan ciertas partes de los hombres
en especial (los ojos y el trasero), pero su escogencia va más allá de lo que
se visualiza.
A Dios gracias…
Como se ve, el mundo de una mujer y el de un hombre son
totalmente diferentes. Por tanto, lo natural es la desigualdad; ninguna mujer
se sentiría cómoda en una supuesta igualdad con el hombre y viceversa. Es por
ello que siempre he pensado que la igualdad debe darse en el plano de la
dignidad para distintas funciones. No tiene sentido preguntarse quien es más:
el hombre o la mujer; ambos son seres incompletos que solamente adquieren la
plenitud y la felicidad, al integrarse para combinar sus virtudes y cubrir sus
falencias. Su destino mutuo no es el sometimiento ni la competencia, sino la
complementación. A Dios gracias… ¡Qué viva la diferencia!
Twitter: @ilcaudeiron

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