El mundo está sobrepoblado, y esto se demuestra con la evidente desproporción entre población y alimentos que cada día se acentúa más en la esfera terrestre. Particularmente Venezuela no es ajena a este planteamiento. Por eso, todo cuánto se haya de planear en materia de población venezolana, debe partir de la consideración previa de que Venezuela se encuentra en un mundo sobrepoblado, donde la crisis alimentaria no lleva camino a resolverse sino de agravarse. Este es un problema tan grave y complejo que debe ser encarado con toda seriedad y eficacia no sólo por el gobierno (que parece evadirlo o por lo menos tomarlo con demasiada calma), sino por todos los venezolanos. Hay que reaccionar y plantear una propuesta moderna y sincera al problema de nuestra población.
Un buen inicio, es entender la siguiente consideración, y hacer de ella una afirmación, un ejercicio de vida de cada habitante de esta nación: todo aumento de población que no vaya ligado estrechamente con un aumento de la producción, y especialmente la de alimentos, es perjudicial y contrario al interés de Venezuela. Aumentar sólo la población en términos cuantitativos, y no su productividad, es crecer artificial y parásitamente. Eso suena crudo pero es una realidad que hay que decir. Ahora bien, más allá de identificar la divergencia entre cuánto producimos y nuestro crecimiento demográfico, la tarea para aliviar de manera decidida el problema de la población venezolana, recae en estimular, desarrollar y convertir en realidad tangible a corto plazo: la desconcentración poblacional de la parte central del país, entiéndase Miranda, el Distrito Capital, Carabobo y Aragua. Estas localidades están sumamente sobrecargadas de habitantes.
Ciertamente era natural que en Venezuela, por la explotación de su gran industria petrolera, surgieran grandes ciudades. Pero el proceso se dejó sólo, no se controló y ha culminado en un gran daño para la nación: la hipertrofia de algunas ciudades centrales. Desde muchos puntos de vistas, varias megapolis no es lo mejor para ninguna nación. Lo ideal son varias grandes ciudades y muchas medianas y por supuesto algunas pequeñas localidades; eso sí, bien organizadas y comunicadas entre sí, y especialmente, cómodas para vivir. Sin embargo el caso venezolano escapa a esas condiciones ideales. Sabido esto, surge como inevitable y necesaria una desconcentración poblacional de la parte central del país. La gente debe emigrar a otras localidades: a los llanos, al oriente, al sur del país; espacios ideales por su amplitud de terrenos y recursos naturales para el progreso. Es cierto que la iniciación de una población próspera y productiva llevará sus años, y que se necesitan una serie de condiciones elementales que debe proporcionar el estado venezolano: servicios públicos adecuados en salud, transporte, vías de comunicación, apoyo crediticio para el comercio y la industrias, políticas públicas claras y eficientes, en fin, todo lo necesario para un buen comenzar de estas migraciones poblacionales. Y son los jóvenes quienes deben capitanear estos desplazamientos, pues ellos son los ideales para labrar nuevos comienzos, para liderar nacimientos de ciudades, para comenzar nuevos pueblos, nuevos sueños… para crear realidades en otra tierras. Se debe apelar al espíritu impetuoso y aventurero de los jóvenes como una manera de dispersar nuestras ciudades centrales; entusiasmarlos para que asuman una posición nacionalista y adecuada para nuestro mejor desarrollo como país. Que ese discurso que recorre nuestras ciudades centrales como Caracas o Valencia: “No consigo trabajo”, “la cosa está dura”, “tanta gente ha vuelto Caracas un infierno”; sea un incentivo animante para arriesgarse, para aventurarse a otras posibilidades de vida en las provincias.
Sin lugar a dudas, es necesaria la desconcentración de las principales ciudades de Venezuela. Las regiones fronterizas deben dejar de ser eso: “regiones fronterizas”, para convertirse en provincias y localidades bien organizadas, productivas y, sobre todo, conectadas con las demás regiones del país. No es una utopía, es una exigencia de vida nacional.
P.S.: En petición a una amiga que quería saber mi parecer sobre la supuesta igualdad entre hombres y mujeres, remito mi siguiente opinión: “La igualdad debe darse en el plano de la dignidad para distintas funciones. No tiene sentido preguntarse quien es “más”, si el hombre o la mujer; ambos son seres incompletos que solamente adquieren la plenitud y su felicidad, al integrarse para combinar sus virtudes y cubrir sus falencias. Su destino no es el sometimiento ni la competencia, sino la complementación”. Hasta la próxima.
@ilcaudeiron / ilcaudeiron@hotmail.com
